Igüeña · Reino de León
El pendón de Igüeña
Un palo de hasta quince metros, cuarenta kilos de damasco de seda y un pueblo entero debajo para levantarlo. Fue bandera de guerra, luego seña del concejo, y hoy es lo que sale a la calle cuando el pueblo quiere decir aquí estamos. Igüeña tiene el suyo, y lo saca con orgullo.
Qué es un pendón
Una bandera que dejó de ir a la guerra y se quedó en el pueblo.
Entre los siglos XI y XIII, los pendones eran lo que se llevaba delante: la bandera que ondeaba sobre una lanza y a la que seguía la gente de cada concejo cuando el rey de León llamaba a hueste. No los llevaba un ejército profesional, los llevaban los vecinos, y por eso cada pendón era el de su pueblo y de nadie más.
Cuando dejó de haber guerra que hacer, el pendón no se guardó: cambió de oficio. Hacia el siglo XVII ya había crecido tanto que no servía para pelear, y se quedó como seña del concejo —la asamblea de vecinos que gobernaba el pueblo y repartía el monte, el agua y la vecera—. Salía a las rogativas, a las procesiones, a las romerías y a recibir a quien hubiera que recibir. Se guardaba en la iglesia o en la casa del pueblo, y salía cuando el concejo lo mandaba.
Eso es lo que sigue siendo. En abril de 2019 la Junta de Castilla y León declaró los pendones concejiles del antiguo Reino de León Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. No se protegió una tela: se protegió la costumbre de sacarla.
Cómo es
Las cifras explican por qué hace falta medio pueblo para levantarlo.
Pasearlo, y al final bailarlo
Primero son kilómetros de calle. Lo otro viene al final, y no lo hace cualquiera.
Lo primero que hace un pendón es andar. Se pasea por las calles del pueblo que te ha invitado a su romería, y a veces mucho más lejos: las casas de León en otras ciudades de España llaman, y allá va el pendón. Cuarenta kilos colgados del cinto, calle tras calle, y por eso el portador se va cambiando: se releva sin que el paso se pare y sin que el pendón baje.
Y al final, cuando se llega, se hace un corro grande. Ahí es donde los más hábiles y los más atrevidos se atreven a bailarlo: lo sacan del arnés de cuero y lo sostienen a pulso, sin la ayuda del remo, jugando con ese peso y con esa longitud. No hay truco ninguno: es puro equilibrio y pura fuerza. El que lo baila bien no tiene que decirlo, lo ve el pueblo entero.
Fuera de las romerías se ven sobre todo en las concentraciones. En 2010 se izaron 143 pendones a la vez en la ciudad de León, récord del mundo; cada San Froilán vuelven a juntarse por decenas. Pero lo de verdad no es eso: lo de verdad es que el pendón salga en la fiesta de su pueblo, con la gente que lo tiene que sacar.
Los colores
Lo que se sabe, lo que no, y por qué nadie los eligió.
Lo primero, por honradez: no he encontrado ningún papel que diga qué significan los colores del pendón de Igüeña. Ni de este ni, en realidad, de casi ninguno: no existe un código, una tabla donde mirar qué quiere decir el verde o el morado. Quien lo sepa lo sabrá de memoria, no de un libro.
Lo que sí está documentado es esto. El rojo carmesí es el color del Reino de León, y por eso aparece en prácticamente todos los pendones: es la banda que los hermana. Después, el rojo y el verde son los más frecuentes, mientras que el blanco y el azul se asocian más al uso religioso —a las salidas con la parroquia—. El resto de la gama habitual es morado, amarillo y oro.
Y hay una cosa que explica más que cualquier simbología: los colores de un pendón no se eligen, se heredan. Cuando un pendón se restaura, la norma es respetar «la forma, el tamaño y el cromatismo original». Es decir: el paño de Igüeña lleva verde, rojo, blanco y morado porque así lo mandó hacer alguien, y desde entonces nadie ha tenido derecho a cambiarlo. Lo que representa cada franja es, a estas alturas, lo mismo que representa el pendón entero: este pueblo.
Si alguien de casa sabe de dónde salieron estos colores, o qué es el medallón de la franja morada, que me lo cuente y lo escribo aquí. Eso sí que no está en internet.
De dónde sale la gama
Por internet circula una lista que le pone significado militar a cada franja —bandas ganadas en batalla, victorias sobre el islam—. No la recojo aquí: la fui a comprobar y ninguna de las páginas que la repiten dice de dónde la saca, y ni la asociación de pendones ni el inventario del Ministerio de Cultura entran en el significado de los colores.
Lo que sí está asentado es de dónde sale la gama: de los colores litúrgicos del rito romano, los de los paños de altar de toda la vida. Que es lo lógico, porque el pendón salía con la parroquia.
Y con todo esto seguimos sin saber lo principal, que es lo que preguntabas: por qué una parroquia eligió un color, o esa mezcla y no otra, hoy no se sabe. Lo dice el único artículo que he encontrado que distingue lo que consta de lo que se cuenta. Del de Igüeña, menos todavía.
De dónde son los pendones
El mapa de los pendones es el mapa del viejo Reino de León.
No son de toda España ni mucho menos. Los pendones concejiles, tal como se entienden aquí —el palo enorme, el paño de damasco, el pueblo detrás—, se conservan en las provincias de León y Zamora, en algunos pueblos de Salamanca, en los Ancares de Lugo, en Asturias, en La Liébana (Cantabria), en la Tierra de Miranda ya en Portugal, y en menor medida en Valdeorras (Ourense).
Puesto en el mapa, ese reparto no es casualidad: es el territorio del antiguo Reino de León. Donde hubo concejos que se juntaban a decidir sobre el monte y el agua, quedó el pendón. Igüeña está dentro, en el borde de poniente, y por eso tiene el suyo.
Que no es un decir: en el desfile de pendones de San Froilán de 2024, en la ciudad de León, Igüeña figuraba en la lista —más de 370 pendones, pendonetas y estandartes de 234 localidades de la provincia—. Ahí estaba el nuestro, entre los demás.
El de Igüeña, hoy
Ocho pueblos, un valle a cada lado y un día al año para juntarse.
El municipio está partido en dos valles —el del Boeza y el del Tremor— y la gente, repartida entre ocho pueblos habitados. Desde hace más de una década hay una Fiesta del Municipio que cambia de pueblo y de valle cada año, para que antes o después le toque a todos. Los vecinos llegan con su pendón y su camiseta de color, se hace el desfile, se comen unos churrascos y una paella para seiscientos, y por la tarde hay soga, tute y rana. En 2022, en Quintana de Fuseros, se juntaron más de medio millar de personas en un municipio que pasa por poco de los mil habitantes.
Ese es el sitio del pendón ahora: delante de la gente, el día que la gente se junta. Y en las fiestas de cada pueblo, cuando toca sacarlo.
El pendón de Igüeña se mantiene vivo porque hay quien se ocupa. Lo lleva la asociación de vecinos de Igüeña, que gestiona Gerardo: suyo es el empeño de que el pendón siga saliendo, y suya también la fuerza para echárselo al cinto. El resto del año lo encontrarás detrás del mostrador de la carnicería de Igüeña. Primera calidad las dos cosas.